Ramana Maharshí dejó perfectamente claro que su enseñanza ―descubrir "¿Quién soy Yo?"― no era un simple ejercicio intelectual (aunque mucha gente sigue tratándola así), sino una técnica para enfocar la mente dividida entre sujeto y objeto exclusivamente en el Sujeto, es decir, en la Conciencia, en la pura e impersonal Subjetividad, de modo que el dualismo básico sujeto-objeto pudiera disolverse en este enfoque. Entonces, sujeto y objeto son apercibidos como no-dos: "Yo" soy tanto el sujeto como el objeto, alternativamente en la dualidad (otro observador-sujeto se convierte en el objeto cuando el objeto se convierte en el observador-sujeto), y fundido en la Unicidad.
The Ultimate Understanding, p. 157
No hay medio más eficaz para aquietar la mente que la Auto-indagación. La mente puede acallarse por otros medíos, pero volverá a surgir. La Auto-indagación es un método directo. Pueden practicarse otros métodos y al mismo tiempo retener el ego, por lo que surgen muchas dudas y se deja el último obstáculo aún sin tratar. En la Auto-indagación sólo se aborda desde el principio mismo la pregunta última.
La Auto-indagación es el camino directo a la Auto-realización. Retira la ofuscación que oculta al Yo que nunca ha sido realizado. Tal ofuscación es una creación de la mente, y en la mayoría de los demás métodos la base sigue siendo la mente. Pedir a la mente que destruya la mente es convertir al ladrón en policía, o poner al pirómano a cargo del camión de los bomberos. El único modo de hacer que la mente cese en sus actividades externas es hacer que se vuelva hacia dentro.
[...] Ahora hablaré sobre ese poder que tiene la apariencia de individuo pero debido a cuya presencia el mundo funciona. Quizás no sea fácilmente comprensible, pero no puedo tomarme el trabajo de entrar en detalles y explicarlo todo sobre esta etapa. Así pues, trate de comprender tanto como pueda; si no, déjelo correr.
Estoy hablando sobre este poder que está en el cuerpo, pero que es la raíz de la existencia y el sostén del universo entero. Lo que está en mi cuerpo, está también en el cuerpo de todos. Pero la inmensa mayoría se interesa mucho más por este "cadáver" con el que están viviendo, que por lo que hay dentro de ese cadáver. Todos los cambios que ocurren en el mundo, son movimientos en ese poder, pues ese poder es lo que hace que el mundo gire. Y todos los aconteceres que tienen lugar, son movimientos en esa consciencia. Debido a que nos asociamos a los acontecimientos, hay infelicidad. Yo veo las cosas desde un punto de vista diferente, desde el punto de vista de lo Absoluto...
Todo lo que está aconteciendo no puede dejar de acontecer. Hay una serie de acontecimientos, un escenario señalado. Así pues, de acuerdo a ese escenario, las cosas suceden. Si nos identificamos, tenemos ciertas esperanzas y aspiraciones; y si las cosas suceden como esperamos, somos felices. Si lo que acontece no concuerda con nuestros deseos, somos infelices. De este modo, continuaremos siendo felices e infelices en un ciclo sin fin, mientras persistamos en esta actitud. Sin embargo, en el momento en que vemos las cosas desde la perspectiva justa —que todo lo que podemos hacer es ver que la presenciación acontece, y que todo lo que acontece es independiente de nuestros pensamientos— entonces surge un estado diferente. No hay ninguna voluntad en el individuo; las cosas acontecen por sí mismas. Cuando se ve esto, hay ya una cierta paz de mente.
Cualquier cosa de la que la gente se queje, no afecta a los cinco elementos. Así pues, ¿por qué debe perturbar al individuo lo que acontece en los cinco elementos? Si los cinco elementos mismos no son perturbados por lo que la gente piensa, ni por lo que hacen o dejan de hacer, ¿cómo va a ser perturbada la fuente de esos elementos de la que ellos dependen? ¿Por qué iba a ser perturbada?
Hace algún tiempo, le sugerí leer la Gita desde el punto de vista del Señor Krishna, no desde el punto de vista de Arjuna. Cuando lo haga, debe comprender lo que entiendo por "Señor Krishna". Yo no considero al Señor Krishna una personalidad individual. Entiendo por "Señor Krishna", la mota de consciencia dentro de usted, el "yo soy", ese estado "yo soy". Eso es el Señor Krishna, este "yo soy". Y usted debería leer el libro desde ese punto de vista. En lo concerniente a cualquiera de nosotros, ¿podría haber el mundo, podría haber Dios, podría haber algo en absoluto en ausencia de esa consciencia Krishna?
En el momento en que lo comprende claramente, ya está. No hay nada más que hacer. Y todo lo que la gente continúa haciendo —o cree que está haciendo— es hecho sólo desde un concepto basado en una cierta imagen que tienen de sí mismos. Y una vez que actúan de acuerdo con esa imagen, son susceptibles a todo tipo de infelicidad. En realidad, lo que está aconteciendo es simplemente un movimiento en esa consciencia. Una vez que comprende esto, no queda nada que hacer; no hay nada que pueda o que necesite hacer.
El que toma decisiones es sólo este concepto que tiene de usted mismo. Ya sea un gran hombre, un hombre importante, o un hombre pequeño, todo lo que decide —o piensa que decide— es sólo una idea. Es decir, el individuo —que es un objeto— cree que él puede decidir, pero de hecho ningún objeto puede decidir. Si él no lo comprende así, entonces se reduce a una conceptualización. Ha de comprenderse que el complejo cuerpo-mente es meramente un objeto, un fenómeno; y ningún fenómeno puede actuar. Así pues, la conceptualización se encuentra tremendamente implantada en su complejo cuerpo-mente.
Usted nunca podrá controlar su verdadera naturaleza; en consecuencia, su centro de percepción debe cambiar. Si su centro de percepción es un fenómeno, entonces, lo mire usted como lo mire, lo considerará todo desde el centro del fenómeno. Así pues, a menos que cambie al noúmeno, el centro de percepción mismo, nunca tendrá una idea de su verdadera naturaleza.
¿Quién ha decidido que "yo" soy el cuerpo? Lo ha decidido sólo un concepto. Este concepto está, evidentemente, en el nivel mental. Así pues, "yo soy el cuerpo" es sólo un concepto. Y que cualquier acción que tenga lugar producida por este cuerpo, es igualmente otro concepto; es decir, ha habido una "objetivización", una conceptualización de que "yo" soy este objeto, este cuerpo. Desde entonces en adelante, se asume conceptualmente que todo lo que el cuerpo hace, es obra "mía". Pero una vez se comprende esta idea —es decir: una vez que el objeto es conocido como objeto; lo falso como falso— entonces usted asume el punto de vista del "sujeto". Una vez asume ese punto de vista, el objeto desaparece y usted ve todo lo que ocurre como un acontecer en la condición. No le afecta; simplemente lo observa.
Identificarse con el cuerpo y asumir una personalidad individual, significa estar sujeto al tiempo, implica la aparición de un "tiempo". Ese mismo concepto que ha asumido "yo soy el cuerpo", dirá: "Yo he nacido y moriré". ¿Quién dice, "Yo moriré"? Sólo el concepto. Una vez que se abandona el concepto, para el sujeto deja de haber tiempo. En lo que concierne al sujeto, no hay ningún concepto de espacio-tiempo.
Repito, no sólo es este concepto el que dice "yo soy el cuerpo", sino que también es consciente del hecho de que está sujeto al tiempo. Así pues, dice: "Yo moriré". Pero el conocedor de este concepto, no está sujeto al tiempo; es completamente aparte del concepto. El cuerpo muere, ¿qué significa? Significa que el pensamiento "yo soy", ese concepto, ha desaparecido. Nada le ha ocurrido al conocedor de la totalidad del acontecimiento.
El que sabe que esto es un concepto y que ese concepto desaparecerá, no experimenta nacimiento, ni felicidad, ni infelicidad, ni muerte.
Todo el objeto de la búsqueda o de la actividad espiritual —en realidad no hay ninguna búsqueda, pero usamos esa palabra aquí para poder expresamos— es comprender que ese concepto es un concepto, es comprender lo falso como falso. No hay nada que adquirir. Que yo sea Dios, o Cristo, Alá, o Mahoma, o quien sea, se basa todavía en el concepto "yo soy". Porque, a no ser que se niegue el concepto, todo lo que edifique sobre él, será también una ficción. Así pues y en definitiva, sólo cuando este estado "yo soy" desaparezca, estará usted libre del concepto. Mientras que el concepto básico "yo soy" esté aquí, el elemento conceptual no puede desaparecer. Es el concepto el que se ha dado a sí mismo diferentes nombres, pero es todavía el mismo concepto.
Sin este concepto básico "yo soy", ¿dónde está el mundo, dónde está Dios, dónde está Ishwara, Cristo, Alá, o cualquier otro? Antes de que este concepto "yo soy" viniera a usted, ¿era usted feliz, o infeliz? ¿Había siquiera alguna sensación de felicidad o de infelicidad? ¿Había alguna dualidad?
[...] Yo no tenía ninguna experiencia de felicidad o infelicidad porque este concepto "yo soy" no estaba presente.
[...] Lo concebible, lo sensible, lo inteligible, sólo puede aparecer sobre este "yo soy". El "yo soy" mismo no estaba aquí. Así pues, ¿quién había para conocer, quién había para ser consciente? La sensación misma de existir no estaba aquí. El "yo soy", el "yo existo", esa sensación, ese concepto mismo, no estaba presente; así pues, ¿quién había para tener sensación? ¿Quién había para tener conocimiento, quién había para tener consciencia?
Esta consciencia de que "yo soy" —este "yo soy", esta imaginación, mente, o como quiera llamarlo— es sólo la idea de que soy un yogui, un rey, o lo que sea. Antes de que este concepto surgiera, ¿había algo? No había nada. No había ni felicidad, ni infelicidad; el estado perfecto.
[...] Cuando uno habla de consciencia, es muy probable que piense en términos del individuo. Pero comprenda que no es realmente el individuo el que tiene consciencia, sino que es la consciencia la que asume innumerables formas.
Lo repito: la persona media no lo comprenderá. ¿Por qué? ¡Porque es demasiado simple! Para agarrarse, uno necesita algo a lo que agarrarse, alguna forma, alguna figura. Ese "algo" que nace y que va a morir, o a desaparecer, es todo imaginación, todo ficción; nada ha nacido. Es el hijo nacido de una mujer estéril. ¿Quién lo llama así? Incluso eso es un concepto. Porque en ausencia del concepto básico "yo soy", no hay ningún pensamiento, ningún conocimiento, ninguna consciencia de la propia existencia.
por Steve TaylorPublicado originalmente en la revista psychology today, 5 abril 2017
Uno de los mayores mitos sobre la espiritualidad es el que revela que el mundo es una ilusión. Según el mito, cuando "despertamos" o nos iluminamos, nos damos cuenta de que el reino físico de las cosas es sólo un sueño. El mundo y todos los acontecimientos que se producen en él son vistos como un espejismo. Sólo el espíritu es real, el cual existe por encima y más allá del mundo físico.
Uno de los problemas con este punto de vista es que conduce a tener una actitud desapegada e indiferente hacia los acontecimientos mundanos. ¿Qué importa si millones de personas sufren de pobreza y hambre? ¿Qué importan las guerras o la catástrofe ecológica? ¿Por qué debemos molestarnos en luchar por causas sociales o contra problemas globales? Todo es parte del sueño, así que nada de eso tiene importancia.
Esta actitud se justifica a menudo haciendo referencia al concepto hindú de maya, que a veces se traduce como "ilusión", pero su significado real se acerca más al de "engaño". Maya es la fuerza que nos engaña al pensar en nosotros mismos como entidades separadas y que el mundo consiste en fenómenos independientes y autónomos. En otras palabras, maya nos impide ver el mundo como realmente es. Nos ciega para no ver la unidad que hay detrás de la aparente diversidad. Nos impide ver el mundo como brahman, o espíritu. Así que no significa literalmente que el mundo es una ilusión, sino que no es lo que parece. Significa que nuestra visión del mundo no es completa ni objetiva, que hay realmente más de lo que vemos superficialmente.
La idea del mundo como una ilusión a veces se asocia específicamente con la filosofía hindú del Vedanta Advaita (o no-dualidad), pero esta interpretación del Advaita proviene de un malentendido similar. El filósofo del Vedanta Advaita más influyente fue Sankara, quien vivió durante los siglos octavo y noveno. Sankara hizo famosas tres declaraciones (más tarde reformuladas por Ramana Maharshi y otros): "El universo es irreal. Brahman es real. El universo es Brahman". Si las dos primeras declaraciones se toman solas y fuera de contexto ―como suele hacerse― sugieren una dualidad entre el mundo y el espíritu: el mundo es una ilusión y sólo el espíritu es real. Pero la tercera afirmación, que a menudo se pasa por alto, invierte completamente esto. La tercera afirmación dice que el universo es espíritu, y por lo tanto el universo es verdaderamente real. Sankara no está diciendo literalmente que el universo es irreal, sólo que no tiene una realidad independiente. Depende de brahman para su existencia; está impregnado de brahman, y no puede existir sin él.
Ramana Maharshi, quizás el mayor sabio hindú del siglo XX, sostuvo una opinión similar. Explicó que el mundo no es irreal en sí mismo. Sería irreal cuando lo percibimos puramente en función de su apariencia y sólo vemos objetos que interactúan separadamente unos con otros en vez de percatarnos del espíritu subyacente. Ese mundo es irreal, de la misma manera que un sueño es irreal, porque está basado en la ilusión del engaño. Pero en sí mismo el mundo es inseparable del espíritu. Es una manifestación del espíritu.
Esto es exactamente lo que el despertar revela ― no que el mundo sea una ilusión, sino que el mundo tal como lo vemos normalmente es incompleto, una realidad parcial. En el despertar, el mundo realmente se vuelve más real, en parte en el sentido de que se vuelve más tangible real y vivo, más vívido e intenso, pero también en el sentido de que se infunde con el espíritu. En el despertar, nos damos cuenta de que no hay dualidad, ni materia ni espíritu, ni materia ni mente. Nos damos cuenta de que el mundo físico y el mundo espiritual son uno, sin distinción. El mundo está gloriosamente infundido con espíritu y es gloriosamente real.
Sin embargo, la idea de que el mundo es una ilusión es atractiva para muchas personas, ya que ofrece una forma de eludir los problemas. Si usted está enfrentando dificultades en su propia vida, y si el mundo está lleno del sufrimiento de sus semejantes, entonces es reconfortante y conveniente decirte a ti mismo: "Bueno, todo es sólo una ilusión, así que no hay necesidad de preocuparse". En otras palabras, ofrece un medio de evasión espiritual, es decir, usamos las creencias espirituales como una forma de escapar de los problemas que necesitan abordarse.
Una actitud similar se aplica a veces al cuerpo. Después de todo, el cuerpo está hecho de las mismas cosas que el mundo, por lo tanto si el mundo es una ilusión, el cuerpo debe serlo también, o al menos puede ser visto como algo diferente e inferior a la mente o al espíritu. Hay una dualidad entre el espíritu y el cuerpo, así como hay una dualidad entre el espíritu y el mundo físico. Esta actitud puede conducir a una actitud hostil y represiva hacia el cuerpo, una actitud de disgusto hacia sus funciones e impulsos animales, incluyendo el sexo. Esta actitud, por ejemplo, es ilustrada por las primeras enseñanzas gnósticas cristianas, que sostenían que toda la materia es malvada y que el cuerpo es una prisión de la que hay que escapar. Pero de nuevo, en el despertar esta dualidad se revela como falsa. El cuerpo está infundido con espíritu y es uno con el espíritu. Como Walt Whitman escribe en "Yo canto al cuerpo eléctrico", después de enumerar decenas de diferentes partes del cuerpo, "Afirmo que estas cosas no sólo son los poemas del cuerpo, sino también del alma. Afirmo que son el alma".
por Gangaji, extraído de la Introducción a El Diamante en tu Bolsillo
Esta enseñanza no tiene nada que ver con Oriente u Occidente. No establece distinciones entre hindúes, cristianos, judíos, musulmanes, budistas, paganos, hombres, mujeres, tú o yo. Es un reconocimiento de la omnipresencia del ser en la que todo aparece: tú, yo, el mar, la montaña y el cielo, toda dicha y todo horror. Este campo de pura presencia está vivo, es inteligente, y es capaz de reconocerse conscientemente en ti.
La verdad de quien eres es conciencia: no eres ni tu nombre, ni tu cuerpo, ni tus emociones ni tus pensamientos. Esto sólo son envolturas que vienen y van. Nacen, tienen una existencia en el tiempo y mueren. La conciencia no viene ni va. Está aquí ahora. No conoce ningún otro tiempo.
En este ensayo, originalmente incluido en The Collected Works of Ken Wilber: Volume IV, Ken ofrece una descripción en profundidad de cada uno de los principales estadios-etapas de la práctica meditativa ― que van desde la absorción psíquica hasta la iluminación sutil, hasta la trascendencia causal, y hasta el último abrazo no-dual de la Forma y la Vacuidad.
Green Medicine Buddha por Imago Dei
P: Nos gustaría que describieras las experiencias de varias etapas de la meditación. Pero primero, háblanos de la meditación en sí misma ― los diferentes tipos y cómo funcionan.
R: Es común entre los eruditos dividir la meditación en dos grandes categorías: la meditación de "concentración" y la meditación de la "conciencia" (o "percepción clara"). O "cerrada" y "abierta". Por ejemplo, digamos que tú estás mirando una pared que tiene cientos de puntos pintados en ella. En la meditación de concentración, miras sólo un punto, y lo miras con tanta intensidad que ni siquiera ves los otros puntos. Esto desarrolla tus poderes de concentración. En la meditación de la conciencia, o meditación de la percepción clara, tratas de ser consciente de tantos puntos como puedas. Esto aumenta tu sensibilidad, conciencia y sabiduría, en ese sentido.
En la meditación de concentración, pones tu atención en un objeto ― una roca, la llama de una vela, tu respiración, un mantra, la oración del corazón, etc. Al concentrarte intensamente en un solo objeto, tú como sujeto gradualmente te "identificas" con ese objeto. Comienzas a socavar el dualismo sujeto/objeto, que es la base de todo sufrimiento e ilusión. Poco a poco, los dominios superiores y más altos de la existencia, que conducen a la dimensión final o no-dual, se hacen obvios para ti. Trasciendes tu yo ordinario o ego, y encuentras las dimensiones más altas y sutiles de la existencia ― la espiritual y la trascendental.
Sin embargo, de esta manera alcanzas las dimensiones superiores por la "fuerza bruta", por así decirlo. Y aunque se dice que la meditación de concentración es muy importante, por sí misma no elimina nuestras tendencias de crear el dualismo en primer lugar. De hecho, simplemente las ignora, trata de evitarlas. Se centra en un punto e ignora todos los demás. La meditación de concentración puede definitivamente mostrarnos algunos de los reinos más elevados, pero no puede instalarnos permanentemente en esos reinos superiores. Para ello, tienes que mirar todos los puntos. Tienes que investigar toda la experiencia, con desapego, sin prejuicios, con ecuanimidad y conciencia clara. (Seguir leyendo)
por Vicente Simón
"La conciencia de Lo-Que-es-Aquí-y-Ahora, libre de conceptos y juicios, no es un conocimiento intelectual. Es la realidad que se busca, pero tal realidad no puede ser un objeto. Cualquier intento de describir esta conciencia fracasará, porque la conciencia que es la realidad no se orígina añadiendo palabras ni descripciones, sino excluyendo las cosas que impiden que se experimente". Ramesh Balsekar
¿Qué queremos decir cuando hablamos de presencia? No es una pregunta de fácil respuesta, ya que la presencia se refiere a un estado de conciencia y, como tal, no es algo que se preste a ser descrito con palabras. Incluso, empleando las palabras más acertadas, no hay seguridad de que el mensaje sea captado con claridad. Se trata de una experiencia, de algo que hay que vivir en primera persona.
[...]
Como su nombre claramente indica, en el estado de presencia nos encontramos presentes y en el presente. Vivimos abiertamente en el ahora. Y esto ya es una ruptura radical con la conciencia egoica. Ya comentamos cómo el reino del ego es el "no presente". El ego ansía llegar al futuro, porque en él espera encontrar la felicidad, bajo cualquiera de las formas en las que se la prefiguró su fantasía. Debido a esta ansia por llegar al futuro, el ego pasa de puntillas sobre el presente. Se demora en él sólo lo necesario para que sus acciones le franqueen el paso. En realidad, el presente no le interesa. Lo considera sólo como un medio para alcanzar un fin. Por eso, entretenerse con él ¡le parece una pérdida de tiempo! No se da cuenta de que al no hacerlo, al no entretenerse, es cuando realmente pierde el tiempo. Pierde, en realidad, toda su vida: porque el futuro nunca llega. Siempre seguimos aquí, en el momento presente.
Por el contrario, al permanecer en el ahora, al demorarnos en él y saborearlo, estamos viviendo la vida, la única que tenemos, sin posponerla para un quimérico futuro. Vivimos el único momento que existe de verdad. Por eso, nos detenemos en él y procuramos ser conscientes de todo cuanto ese momento encierra. Lo aceptamos plenamente tal cual es: ¿cómo no vamos a hacerlo si ya está ahí, delante de nuestros ojos? Nos hacemos plenamente conscientes de todos sus detalles, matices y recovecos.
Lo que se experimenta en el estado de presencia es, por tanto, auténtico. La autenticidad es una característica exclusiva del presente. En el presente sentimos el cuerpo por dentro con todo lujo de detalles. Y también vemos, oímos, olemos, gustamos, tocamos de verdad. Sólo en el presente. En el pasado o en el futuro podemos recordar o imaginar sensaciones, pero no son reales, sólo son pálidos reflejos de la percepción directa de las cosas. ¡Qué gran diferencia existe entre ver e imaginar que vemos, o entre tocar e imaginar que se toca! En condiciones normales, el sistema nervioso distingue claramente lo que es real de lo que es imaginado o recordado. Las sensaciones reales poseen una especie de marchamo de autenticidad que es lo que se quiere expresar con el término "qualia". Nuestras sensaciones del presente son inefables, subjetivas, propias y privadas y su peculiar sabor o textura es imposible de transmitir a otra persona (e igualmente imposible de trasladar desde el presente a otro momento temporal cualquiera). Por medio del lenguaje podemos sugerir, indicar, insinuar, pero la autenticidad de la experiencia sólo es accesible a quien la experimenta. Por eso, las sensaciones que se viven en el presente tienen una riqueza, una profundidad y una inmediatez que no puede competir con nada que produzca la imaginación y, mucho menos, con un concepto. El presente se vive, el no-presente se imagina, se fantasea, se describe. Y, sin embargo, la conciencia egoica ha aprendido a renunciar a la riqueza del presente real y a vivir en la pobreza sensorial de la fantasía inexistente o del descarnado concepto.
La realidad que estamos experimentando no es, desde luego, un concepto. No gana nada si la intentamos describir con palabras. Al contrario, pierde. Si la tratamos de encerrar en la estrechez de un concepto, la empobrecemos, la cosificamos y la sacamos de lo que "es", ese latido de vida que somos, momento a momento. Si queremos describirla, la hacemos un objeto, pero eso no es la presencia. En la presencia completa, como antes sugería, la dualidad de sujeto-objeto (observador-observado) ya ha desaparecido. Lo único que existe es la experiencia, sin un sujeto que la viva (el sujeto lo introducimos después, cuando acaso queremos narrar la experiencia). En el momento en que se produce, sólo hay experiencia. El sujeto ha quedado perdido en la experiencia, engullido por ella. La presencia es pues, impersonal. Algo es presenciado. Se presencia. En ese momento de presencia auténtica, el sujeto, el observador, el yo, ha desaparecido. No es "yo observo", sino "hay observación", "la observación tiene lugar". Y todo esto, por supuesto, no son más que intentos de transmitir con palabras algo casi imposible de comunicar.
La presencia no sólo es impersonal. También es atemporal. Si vivimos en el instante, es que nos hemos salido del tiempo. El presente es siempre el mismo; sólo sus contenidos cambian. Pero el presente, como tal, permanece. Siempre estamos en él, en esa suerte de eternidad desde la que contemplamos el devenir de las cosas. Esta atemporalidad consustancial a la presencia entraña también una ruptura radical con la conciencia egoica, que se caracteriza por encontrarse presa del tiempo, fascinada por él. ¡La conciencia egoica espera tanto del futuro! Sin embargo en la presencia, el presente es aceptado y apreciado en todo su valor, que es el de la totalidad misma, libre de compromisos personales.
El experimentar el estado de presencia nos pone en contacto con un núcleo de estabilidad dinámica al que, uniéndome a una mayoría de personas que han tratado de describirlo, voy a llamar el ser. Y es del ser de lo que trata el próximo capítulo.